Migrar a Ecuador, migrar de Ecuador, migrar… *

Luis Enrique Perdomo tiene 44 años. En noviembre de 2015 fue a Ecuador para reunirse con su esposa cubana, Gretel. Desmintiendo el pronóstico de algunos de sus íntimos, según el cual seguiría rumbo norte porque su vínculo conyugal no era determinante, se estableció en Quito. Y no se ha ido de Ecuador. Pudo haber partido él solo, reunirse con su madre y su hermano en Estados Unidos, y después reclamar a Gretel, pero le faltaron coraje y solvencia económica para emprender el viaje que le habían presagiado.

Vertientes, Camagüey, fue donde quedaron jirones de lo que fuera el circuito afectivo de Luis Enrique: los amigos, un perro, una casa y algunos familiares. En Quito, cuando recostaba la cabeza sobre la almohada, se le definía un mapa abierto clavado en el techo del cuarto, y pensaba en lo lejos que estaba de aquello que dejó.

Era una impresión muy triste y asfixiante, dice. Pronto pudo conciliar el sueño más rápido. Ecuador aplacaba la nostalgia con la inmediatez que exigía a los cubanos; un cambio radical en su forma de asimilar lo cotidiano. Luis Enrique, graduado de periodista en Cuba, redactó notas por tres dólares, hizo tesis de estudiantes y trabajó en una revista que nunca vio la luz. Su primer pago lo recibió por pintar paredes y raspar el suelo de un departamento. Luego lo aceptaron como profesor de Razonamiento Verbal en un instituto preuniversitario llamado CENEC. Viajaba hasta la escuela ocho horas o más subido a un bus, en constante zigzag por una carretera plagada de curvas y lomas que hacían habituales los accidentes de tránsito. Por impartir clases recibía unos viáticos concisos que solucionaban transporte, hospedaje y alimentación.

Gretel, licenciada en química farmacéutica, obtuvo un puesto en una empresa que vendía equipos de laboratorio, con un buen salario. Luis aportaba remuneraciones básicas, lo que podía. No legalizó su título de periodismo ni aplicó a la visa profesional, porque al ingresar en 2015 se estaba desatando la crisis migratoria. Con deportaciones y huidas de cubanos a raudales, todos los procesos se dificultaron por aquellos días.

El 29 de diciembre de 2015 le notificaron que habían negado su pedido de visa comercial. Fue un mazazo, dice. Intentaba avanzar con visa de turismo. Pero la de comercio garantizaba legalidad en Ecuador por medio año más. Debió así pasar por una serie de ocupaciones irregulares, escondido de la policía, hasta registrar su matrimonio y acogerse a través de su esposa a la visa de amparo que le ha valido hasta hoy.

Años atrás, la madre fue invitada a los Estados Unidos y, pensando en el futuro de su prole, no volvió a Cuba. Después se fue también el hermano. Luis Enrique solo tuvo entonces por fieles compañías un perro y la casa grande de Camagüey.

—El que se va es como el que se muere —le había dicho una vez su hermano, antes de irse él mismo.

Luis Enrique demoró más, pero al fin partió. «Soy como un “niño grande” bitongo, y verme sin mi madre me chocó, aunque de algún modo eso me fortalecería, y con el tiempo logré salir».

Estando en Ecuador, dos pérdidas arremetieron contra él. La de su perro Muñeco, que atropelló un tractor en Vertientes. Después su padre falleció de leucemia, y Luis no pudo ir a verlo antes de que muriera. Las desdichas se agolparon todas cuando su esposa perdió el trabajo. Aunque no tardaron en llamarla para cubrir un puesto de su especialidad en la costa ecuatoriana, provincia de Manabí. Ella se marchó delante y Luis Enrique se le unió al rato.

Por la calle, lo saludan cariñosamente con el grito de «Cuba» o «Chico», y en la casa él y Gretel atizan viejas pasiones: comer congrí, beber café o escuchar emisoras de radio cubanas online.

En el aeropuerto de Quito, noviembre de 2015

Cinco años después de la separación pudo reencontrarse con su madre. Era marzo de 2018. Gretel lo acompañó. No se juntaron en Ecuador o en Estados Unidos, sino en Cuba. Fueron 15 días que se marcharon a velocidad astronómica; 15 días como una vara de incienso.

«Si Cuba no estuviese gobernada por un sistema tan ineficaz, paternalista y censor, nadie tendría que sufrir el exilio», dice Luis Enrique.

***

Cuatro regiones dividen al Ecuador: Costa, Sierra, Oriente e Insular (que alcanza las islas Galápagos). Coca está en el Oriente o Amazonía. Su área urbana no llega a los 50 mil habitantes.

Orellana, El Coca, es una buena fuente de trabajo, comenta Aylin Suárez, de 27 años, quien vivió en el cantón Alausí, provincia de Chimborazo. (Un cantón equivale a un municipio cubano).

Aylin vino desde Melena del Sur, provincia de Mayabeque. Cuba la lanzó a la contienda migratoria, dice, por hacerla sentirse atenazada, bajo una dictadura que no le pagaba un salario digno, no la alimentaba decentemente, y no le otorgaba libertad de expresión.

«Queremos tener independencia. Por ella me separé de mi familia. De las personas que más amaba, con las que crecí», dice.

Obtuvo trabajo a solo 11 días de llegar. Con una visa de turista en su poder no era legal contratarla. Pero por seis meses un ingeniero se arriesgó. Un restaurante la tuvo de mesera un año. Fue además cocinera y camarera.

Trabajando conoció a su actual esposo, con quien tiene una niña. Por su hija ahora Aylin tiene visa de amparo.

«El Estado te da atención médica sin costo y, si no quieres esta, si por casualidad esta no es de tu agrado, o se demora, vas con un doctor privado y enseguida te atienden pagándoles. Lo que vale es la elección, y Ecuador, en ese y mil sentidos más, está mejor que Cuba», asegura.

Tomado de El Estornudo

Autor: Maykel González

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