Sí, fui monaguillo ¡y qué!

Llego a la hora acordada, llévame alba” más o menos así decía el telegrama cuya lectura equivocada de la abuela Mercedes motivó la risa de los prometidos: “¡resulta que viene con la novia!”.

Yo simplemente pedía el atuendo para la ceremonia y Chea no entendió el texto -pensó que “Alba” era una persona-. Se casaba Osvaldo, un amigo de la juventud y mi viaje Santiago-Camagüey no me permitía ir por la indumentaria al Vertientes querido.

Osvaldo me había pedido que hiciese de acólito en su boda, además de testigo. Yo accedí gustosamente. El padre Alberto y el negrito Juan Carlos serían mis compañeros de batería. Y así aconteció.

Este y otros momentos me vinieron a la mente cuando encontré, por azar, la foto que ya daba por perdida. Organizaba mis libros y en uno del pelotero José de la Caridad Méndez, “el diamante negro”, apareció la instantánea. Ni lo sospechaba y de más está escribir que me dio una alegría del carajo.

Sucede que en esta etapa, previa a la Universidad, fui muy feliz. (En la Universidad fui felicísimo, pero eso no viene al caso) Lejos de la vitilla con las muchachas del templo y la sana competencia con José Jorge, el más alto del rebaño, o con los demás (Toqui, Dannier, Darián, Juan Carlos) por la dichosa alba -la única que me servía para mis 1.85- mi labor de acólito resultó edificante. Era simplemente una manera de ser útil.

Ahora mismo, mientras escribo, experimento cierto “orgullo de monaguillo”, quizá parecido al que sintieron los escritores Gabriel García Márquez y Enrique Núñez Rodríguez, el pianista Frank Fernández o el periodista Pedro Emiliano Paneque Ruiz. Paneque, un reportero de Radio Cadena Agramonte, me confesó que sí, que muy bien, pero que no pudo dejar de beber, a hurtadillas, algunas dosis del buen vino empleado en la liturgia.

El, ellos, también se encaramaron tantas veces en el altar como lo hice yo, para vivir de cerca el misterio de la presencia de Dios que es Amor, el mismo Amor que se manifestó en la parroquia camagüeyana de El Cristo, aquel 24 de septiembre de 1999, cuando Janet y Osvaldo dijeron sí y yo estuve a su lado para acompañarlos.

(Ah, en la foto que preside este texto hay una dedicatoria de los recién casados y una post data bien desenfadada con subrayado y todo que dice: ¡pareces un cabrón cura!)

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