La tarde del sismo en Guantánamo

Este texto fue escrito por Lilibeth Alfonso Martínez. La foto es cortesía de Marcia Elena Díaz.

Nadie sabe qué hará durante un sismo hasta que ocurre. Será el instinto quien guíe al cuerpo, al menos en los primeros instantes; así podamos recitar de memoria las medidas orientadas por la Defensa Civil en casos de desastres.

Normalmente, cuando nos preparamos, nos asemos a nuestro propio cuerpo, acuclillados como en el vientre materno, con la cabeza entre las piernas y las manos tratando de resguardarnos del cielo –como orientan los entendidos- todo ha pasado.

Claro, sin experimentarlo, los hay que se precian de bien informados, privilegiados por el conocimiento de la necesidad de conservar la calma, alejarse en lo posible de las edificaciones y cables eléctricos, llevar agua, tener a mano el radio para escuchar los informes, no olvidar los medicamentos, alguna comida.

Pero la verdad, para quienes lo vivimos, es que en ese instante sólo podemos hacer lo posible, lo que dejen los nervios, el sentimiento de abandono obligado ante una situación que no podemos cambiar, de la cual es imposible alejarse.

Y es que todo tiembla. En las viviendas más costosas o en las más humildes, dentro de cuatro paredes de cartón o de cemento, bajo techo o en descampados, en sitios altos y bajos. No vale, en estos casos, asegurar puertas y ventanas, como ante un huracán; de nada sirve un refugio, ni moverse hacia sitios elevados…

Después, viene el pánico en serio. En mi barrio, luego del sismo de 5.5 grados en la escala de Richter que sacudió violentamente la calma habitual del sábado, vi hombres llorando al descubierto, mujeres que asían a sus hijos, familias enteras que ante el desasosiego sólo pudieron tomarse de la mano.

Muchos salieron a la calle. Nosotros también, aunque admito que el movimiento me paralizó en el asiento, a mitad de un libro, y sólo reaccioné cinco minutos después. Como siempre a esas horas, mi abuela se afanaba en la cocina, así que el sismo la agarró con la sartén por el mango, humeante el aceite con los chicharrones. No lo soltó, y la verdad no lo esperaba. Mi abuela es la calma en persona. Una temeraria de 79 años.

Mis tíos y primos son otra historia. Hubo desde palidez hasta ataques de pánico y un desmayo. Todavía hay de los primeros cada vez que la casa vibra al paso de un camión pesado o algún golpe resuena en la pared de los vecinos.

Y hasta una que a la llegada inminente de las horas de sueño, se quedó la ropa y los zapatos en el cuerpo, preparó un espacio entre una lavadora, equipada según dijo con cuatro panes, un pomo de agua, una lata de puré de tomate y una manta para resguardarse del techo, y una máquina de coser;  y vigiló a media luz el latir de los estantes, toda la noche.

En medio de aquello, todo es impresiones. La gente corriendo o detenida, los perros desorientados, el ruido ensordecedor de los cristales, la calma en el cielo a pesar de todo. Pero lo más impresionante fue la gente, con los brazos abiertos para ayudar, la mente en los seres queridos, la angustia si alguno dejó la casa o está lejos.

No vi una sola demostración de enemistad o furia. Nadie llamó a su enemigo a esas horas para saldar cuentas, nadie buscó a golpes a otro, nadie se aprovechó de la situación. Vi a mal llevados auxiliarse sin necesidad de explicaciones, gente a la que no conozco informándome al paso de cuanto sabía, como hice yo misma cuando me llegaron las primeras informaciones.

Yo pensé en mi abuela, hasta que salí del cuarto y la vi tranquila, con la seguridad de sus años, y en mi mamá, que bajó las escaleras desesperada y alineó el cuerpo bajo una viga. Pensé en el resto de la familia, en mi tía que se impresiona mucho y en mi prima mayor, que le da por la histeria.

Pensé en mis colegas en Santiago, que por mucho temblor que han pasado no se acostumbran, porque seguro allí las cosas fueron peores. También ellos pensaron en mí. Mi tío agarró el motor y vino hasta la casa, sin camisa, casco ni nada.

De Radio Reloj fue la primera llamada amiga, para darme los datos de la agencia sismológica de Los Estados Unidos. Luego, la colega continuó llamando, precisando a cada instante, hasta la nota oficial que escuché de privilegio en su voz, sin los bip característicos de esa emisora.

Las líneas telefónicas, hasta mucho después, estaban saturadas. Todo el mundo llamó a alguien, familiar, vecino, novia… Se interrogaban mutuamente, intercambiaban algún chiste, una actitud del desespero que en la calma da risa, y pasaban al próximo número

Muchos se encomendaron a Dios, incluso los no creyentes, pero todos confiaron en los suyos, en que no los dejarían atrás. Minutos después del espasmo terrestre, todos estaban en las afueras de las casas, incluso los que nunca salen. Convalecientes se levantaron de sus camas o fueron llevados en brazos de uno, dos o tres, los que hicieron falta.

Cuando salí de casa, en busca de imágenes para la labor reporteril, vi también trabajo. Dirigentes en plena carretera, analizando daños y necesidades, puestos médicos con especialistas que no lo parecían, pues poco antes del sismo, sólo eran amas de casa dobladas ante las lavadoras, hombres en ropa de trajinar arreglando cualquier cosa, televidentes de la programación sabatina.

Vi a una madre preocupada por su hijo accidentado y luego a él mismo, al lado de su papá, recostado en su cama de hospital, con un yeso para estabilizar la clavícula, sin dolor y consciente.

Vi a colegas colgar los problemas y el susto en un gancho en la puerta de salida de sus casas e irse a preocupar por otros, fotografiar, filmar, grabar, entrevistar, editar, escribir.

En Caimanera, vi familias unidas bajo la sombra de sábanas desplegadas, niños jugando solos o en grupos, y a jóvenes poniendo su energía para ayudar a otros, sonrisas a pesar de todo.

Vi a gente haciendo lo que tenía que hacer sin mandato de nadie y, sin querer ser soberbia con la naturaleza, agradecí que existieran.

Una respuesta to “La tarde del sismo en Guantánamo”

  1. Froilán Says:

    Yo y tú no tenemos nada que temer de un sismo, ¿Qué nos puede pasar? Solo unas tablitas en la cabeza y ya, jajja. Pero si la cosa es en el trabajo ahí si es diferente.

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