Soledad en el primer piso

Los acordes de la Banda Municipal de Conciertos se entremezclaron con la música de “Muñeco” en un singular cross fade que se extendió hasta la caída de la tarde. Los niños corrían por el parque mientras el raro juglar sacaba partido a las añejas cuerdas de su guitarra.

Ella vino otra vez, al mismo banco, a leer unas cuartillas de “El mundo según Garp”, devenido libro de cabecera. Había pasado antes por cierto antro y muy cerca de la taquilla del cine, dos lugares a donde no pudieron ir por la premura de aquella primera ocasión.

Entonces la nostalgia la asaltó de súbito, con un sutil sobresalto. Sin embargo se contentó con mirar el niño de la bota, la distrajeron los totíes y los otros pajaritos, además de tener justo enfrente, la librería y el café literario, de donde salían muchos jóvenes que, de alguna forma, hacían recordarle.

De no haber sido por un inesperado ese eme ese, ella seguiría absorta en la lectura. Pero el texto “Te acabo de ver”, enviado por un antiguo remitente-destinatario, entorpeció la magia de aquel ritual vespertino, solo comparable a un café con menta, un orgasmo o el roce inocente de unas manos que, justo en ese momento, se tornaban mucho más necesarias.

¿Tendrás una monedita para ayudarme?, preguntóle un deambulante que amparaba sus penas en malos alcoholes caseros. “No”, respondió ella escuetamente y con rabia, mientras apagaba el teléfono celular con cuidado de no pasar la página del libro.

Optó por volver a casa y lo hizo a pie, recorriendo el mismo trayecto que caminaron juntos una vez. A fin de cuentas en su ciudad no se daba botella o simplemente justificaba esta aseveración para protegerse de cualquier chofer calenturiento. Molestia aparte, sonrió al ver pasar un viejo mosckovich blanco, similar al que los recogió un sábado beisbolero.

Durmió un rato, profundamente, hasta que su Mamá la despertó. “Toma, te llama tu novio”…. entonces hablaron lentamente por el auricular, le contó de su día pero prefirió escucharle. El solo atinó a decirle que la amaba y que extrañaba su presencia. Colgó después de unos minutos, justo en el momento preciso que una cuartilla en forma de mensaje electrónico (esta vez muchísimo más grato y más extenso) llegaba a su buzón de correo.

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